Capítulo 1
He visto personas tratar mejor a los animales que ese mercader a mí.
Como siempre, no me ha importado. Y eso, según he aprendido a registrar, suele provocar más rabia que el insulto. Lo confirmé en sus aletas de la nariz —abiertas, dilatadas— y en el ceño fruncido que mantuvo exactamente tres segundos mientras me lanzaba la bolsa de zizoles al mostrador. Rabia. Dato anotado.
Estoy acostumbrada a que los hijos del cuarzo me traten así. Nos ven como la basura que ensucia su santa tierra Khänna. Mientras me den la medicina, me da igual cómo se pongan.
—Sin distracciones, Gigi. Coges los zizoles y te vas mirando al suelo.
La orden de Telvin llevaba tres repeticiones antes de dejarme entrar. Yo la había repetido otras tantas, todo el camino hasta el puesto de hierbas medicinales.
—Gracias —dije, mientras me ataba las bolsas al cinturón.
Nos quedamos mirando unos segundos de más.
El brillo del phrana se intensificó en sus ojos. Esa luz viva que centelleaba en el iris de los hijos del cuarzo, como si alguien hubiera atrapado el reflejo del sol dentro de una piedra. Llevaban los cristales sagrados por todas partes —cosidos en la ropa, en el centro de sus tiaras, en sus pendientes— y cada vez que los veía, algo en mi cabeza dejaba de funcionar correctamente. No había palabra para eso en mi libreta. Todavía no.
Aparté la vista con esfuerzo antes de que el mercader se lo tomara como un desafío —lo cual ya era tarde, probablemente— y me interné en el mercado de Horrin.
Una indigna debía mirar al suelo. El suelo era nuestro lugar, según ellos.
El mercado era ruido organizado.
Voces superpuestas, olor a especias que picaban en la garganta, incienso dulce que lo cubría todo como una segunda piel. Algunas indignas circulaban con la frente libre y marcada: el triángulo grabado a fuego de la pirámide de Hynvestia, señal de que pertenecían a alguien. Las marcadas podían pisar tierra cuarzina. Yo no.
Me bajé más el pañuelo.
La medicina de apá era más importante que las normas. Siempre lo era. Los gritos de dolor que daba por las noches —ese sonido que subía desde el establo hasta mi cuarto y me hacía vomitar aunque no quisiera— eran más reales que cualquier ley soberana. La Diosa no me había dado emociones, pero mi cuerpo tenía sus propias reglas: el corazón se me desbocaba, la garganta se apretaba, el estómago se revolvía. Pura mecánica. Un sistema de alarma que no había pedido.
Los gritos del mercado eran distintos. Más dispersos. No despertaban el sistema, pero tampoco eran agradables. Me escabullí a la calle paralela y aceleré el paso.
A unos metros, Telvin me esperaba con los caballos. Volveríamos a la aldea como si no hubiera cometido un delito mortal.
No llegué ni a dar diez pasos. Las flores me detuvieron.
Subían por las paredes de las casas blancas —esas estructuras puntiagudas que los hijos del cuarzo construían como si intentaran perforar el cielo— y florecían en un azul zafiro tan vivo que palpitaba. Igual que el phrana. En la aldea también había flores, muchas, pero sus colores eran opacos, mate. Solo brillaban en ese instante exacto en que el rocío y el sol coincidían en el mismo pétalo. Un segundo. Dos, si había suerte.
Esto era diferente.
Metí el dedo en el centro de una de las flores. El cosquilleo fue inmediato: algo vivo, que se pegaba a la piel como electricidad estática y olía a mar cerrado, a agua de mar enfrascada hace mucho tiempo. Cuando lo miré, el dedo estaba manchado de azul plateado.
No sé cuánto tiempo llevaba allí, embobada con ese trocito de poder robado, cuando el grito me atravesó.
Era peor que los de apá.
Me sujeté a la pared de cal —áspera bajo las palmas, real— y me forcé a respirar despacio.
—Por favor, por favor, un mes más, os lo suplico.
—Conoces las normas.
—Lo sé, lo sé, pero por favor... solo un mes más.
A unos metros había una mujer sujetando la mano de un niño de ojos azules. Sin brillo. Cinco años, quizás más —la edad suficiente en que el phrana te escogía, o no— y el cuerpo entero en tensión, ese temblor que he observado en los animales cuando intuyen el peligro antes de verlo.
El guardia mantenía postura recta y semblante inmóvil. Sin emoción ante la súplica. Sin emoción ante el temblor del niño. Dato: postura de protocolo, sin implicación personal.
—Solo hace un mes desde que cumplió la edad.
—Más que suficiente. La Diosa no lo ha bendecido y su lugar no es este. Si me lo impides, estás cometiendo un delito soberano.
La madre cayó de rodillas. El guardia agarró al niño del brazo sin mirarla y tiró de él, arrastrándolo.
—¡No, por favor! —Los ojos azul cuarzo de la madre parpadeaban, conteniendo las lágrimas. El cuarzo de su pecho centelleaba sin ritmo, inestable.
—Contrólese. O tendré que hacerlo yo, y créame, no será agradable.
La mujer apoyó la frente en el suelo. Vi sus puños cerrarse. Los mantuvo así cuatro segundos. Cinco. Seis. Luego se levantó y se interpuso en el camino del guardia, forzándolo a retroceder hasta que ambos quedaron expuestos al mercado entero. El espectáculo se había alejado de mí. Pero seguí allí, observando, por si podía anotar alguna expresión nueva en la libreta.
—Esto va en contra de la naturaleza. Separar a una madre de su hijo. La Diosa no lo permitiría.
—Blasfemia. —Los ojos del guardia se salieron casi de sus órbitas—. ¿Estás blasfemando contra los soberanos y contra la ley de Hynvestia?
El silencio se hizo presente. Un observador más.
—Estoy diciendo lo que estoy diciendo —sentenció la mujer. Sus manos temblaban, pero no de miedo. De rabia. La mirada firme, igual que la postura.
El guardia empujó al niño. Sus ojos —ya grandes— se hicieron más grandes. Sacó la espada y la puso en el cuello de la madre.
—¡Mamáaaaaa!
El niño se abalanzó a las piernas de ella, gritando más fuerte todavía.
El grito no me dio pena. Era incapaz de procesarla como tal. Pero golpeó mi cuerpo como golpea el cuero cuando azota. El pitido en los oídos se hizo insoportable, el ácido del estómago me subió a la garganta. Mi cuerpo solo tenía una forma de pedir que el ruido parara.
Cuando quise darme cuenta, la piedra que había recogido del suelo ya estaba en el aire.
El sonido metálico de la armadura resonó en toda la calle. Los ojos del guardia se clavaron en mí.
—¿Podéis, por favor, dejar de armar escándalo? —dije. Mi voz salió más tranquila de lo que estaba mi estómago.
El guardia tenía la cara exactamente como apá describe la sorpresa: cejas elevadas, boca entreabierta, pausa antes de procesar. La madre y el niño me miraban igual. El mercado entero lo hacía. Demasiadas miradas.
El silencio se interrumpió.
—Puta indigna —dijo.
Las palabras tenían el mismo asco que el mercader al lanzar los zizoles. Pero el objetivo era diferente. El objetivo era mi sangre. Lo vi en la mandíbula apretada, en la dirección de sus pasos, en cómo la mano ya iba al cinturón.
Vi cómo la madre y el niño huían.
Bien.
El escándalo había parado. Pero ahora tenía otro problema. El guardia acortaba la distancia.
Menos bien.
Me preparé para el ataque.
Telvin llevaba años entrenándome para esto, aunque no exactamente para esto: él no me había preparado para enfrentarme a un hijo del cuarzo que podía matarme sin tocarme.
Mi postura —puños en alto, peso en la pierna trasera— pareció hacerle gracia. Bufó. Se rio al mismo tiempo.
Perfecto. La subestimación es útil.
—¿De verdad eres tan estúpida como para creer que tienes alguna oportunidad?
Analicé sus pasos, su peso, su altura. La forma en que desplazaba el centro de gravedad al caminar. Había algo en ese cuerpo grande que no cuadraba: demasiada confianza en el arma.
—Parece que eres tú el que cree que soy lo bastante peligrosa como para atacarme con tu espada.
El guardia pasó de la mofa a la rabia en dos segundos exactos —dato anotado— y guardó la espada. Sus ojos centellearon antes de lanzar el primer puño.
El viento me arañó la cara. Lo esquivé.
Otro intento. Otro esquive.
El gruñido de frustración que soltó fue, objetivamente, agradable de oír.
Solo me distraje ese milisegundo.
El otro puño impactó en mi ceja.
Mierda.
El crujir de la piel al abrirse tiene un sonido específico. El líquido caliente cayendo por el ojo, un tacto específico. El golpe me tiró al suelo. Me sujeté el velo con la mano —falsa identidad intacta, prioridad— mientras calculaba el siguiente movimiento.
Los zizoles tenían que llegar a apá. Eso era lo que importaba.
Piensa, Gigi. Piensa.
Armadura en todo el cuerpo. Cara libre.
Vi el puesto de especias.
Corrí hacia él. A medio gatear, lo que no era muy digno, pero la dignidad no me iba a sacar viva de allí.
—¿Dónde está esa valentía? Todos los indignos sois iguales, ratas cobardes. Por eso la Diosa ni os mira, porque sois escor...
La pimienta negra le cortó el discurso. Solo tosía y chillaba, los ojos cerrados, las manos buscando a ciegas algo a lo que aferrarse.
Me subí a su espalda.
Con las piernas le apresé el cuello. Me golpeaba los muslos y se removía como un toro salvaje —era fuerte, me dejaría marcas durante días— pero no aflojé. Le tapé la boca y la nariz.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cinco segundos. Exactamente lo que tardan en desvanecerse con esa llave. Este hijo del cuarzo no fue una excepción.
Me aparté antes de que su cuerpo cayera sobre las piedras calizas.
El mercado aguantaba la respiración. Cejas arqueadas, hombros hacia atrás, bocas abiertas. Sorpresa colectiva.
Tardé poco en entender qué les sorprendía tanto.
Mi velo había caído con la pelea. Mi frente, intacta —sin marca, sin triángulo grabado a fuego—, estaba expuesta a todas esas miradas.
Un delito mortal, a plena luz del día, en el mercado de Horrin.
Tenía que salir de allí.
Capítulo 2
Me di la vuelta y empecé a correr. Pero no por mucho tiempo.
Mi cara se estampó contra algo sólido con un ruido metálico que resonó en todo el callejón. El dolor se propagó desde el puente de la nariz hasta la ceja rota, que volvió a quejarse con un pálpito agudo. Aparté la sangre del ojo con el dorso de la mano para ver qué me cortaba el paso.
No era algo. Era alguien.
Otro guardia. Pero este era diferente. Su armadura, distinta: blanca, reluciente, impoluta si no fuera por la mancha que le había dejado mi sangre, y un cuarzo en el centro del pecho que me hipnotizó. Un cristal sagrado que no había visto antes, en ninguna joya ni arma del mercado. Uno que parecía hablarme mientras danzaban los colores dentro de él.
Me obligué a mirar hacia arriba. Bastante arriba, donde estaba la cara del dueño de esa armadura. Y mi respiración desapareció al igual que todo lo que nos rodeaba. Todo desapareció excepto esos ojos.
El azul, el rojo, el verde, el lila. Todos los colores jugaban en su iris al mismo tiempo que el phrana centelleaba entre ellos, moviéndolos como marea. Como si la Diosa los hubiera hecho con sus propias manos un día en que tenía tiempo libre y ganas de presumir.
Podría robar esos ojos y guardarlos junto al resto de cosas brillantes que me esperaban cada noche debajo de la losa mal puesta de mi cama.
Su divina mirada se desplazó hasta mi frente. Buscaba el triángulo marcado a fuego que no tenía y que debería. Luego bajó al guardia que yacía inconsciente en el suelo, a tres metros de mí.
La lógica de la situación era bastante clara. No esperé a que su mirada volviera a mí. Me giré y aceleré el paso. O al menos lo intenté.
En un parpadeo volvió a cortarme el paso.
El phrana. Claro.
Mierda.
—¿No crees que, antes de decidir si puedes marcharte, deberías explicarte un poco?
Cruzó los brazos. Me examinó sin pudor, centímetro a centímetro, con la calma metódica de alguien que tiene tiempo y sabe que nadie se lo va a quitar. Sus ojos se detuvieron en mi ceja. Un arqueo mínimo de la suya. Tan breve que cualquiera lo habría perdido.
No era sorpresa. Era otra cosa. Su expresión cambió tan rápido que no pude clasificarla. Dato pendiente.
—Un accidente —dije.
—¿Y ya está?
—¿Qué quieres oír?
Frunció el ceño. Menos de un segundo, luego otra vez la calma absoluta. No estaba acostumbrado a que le contestaran sin miedo. Ningún hijo del cuarzo lo estaba.
—Por qué has dejado inconsciente a un guardia soberano. Y, sobre todo, cómo.
—¿Cómo sabes que he sido yo?
—Huyendo. Herida. —Se encogió de hombros—. ¿Quién más, si no?
—¿Tienes pruebas?
—Unos cientos de testigos. —Abrió los brazos señalando el mercado—. Y cuando despierte, él también tendrá su versión. Estoy bastante seguro de que no vas a salir favorecida.
Sus cálculos eran correctos.
—Estaba montando un escándalo. No me dejó otra opción.
Silencio. Esta vez sus ojos no me recorrieron. Se quedaron fijos en los míos. Buscando algo específico. La mentira, supuse. No la iba a encontrar.
—¿Puedo irme ya?
—¿Y tu insignia?
Señaló mi frente con un gesto mínimo. Esa respuesta sí la tenía ensayada. Miles de veces frente al espejo roto del establo.
—Soy meretriz.
Sus ojos me recorrieron despacio. Buscando coherencia entre la afirmación y los datos disponibles. Avanzó un paso. Yo retrocedí uno.
—Es poco común que una meretriz ande sola por el mercado. —Otro paso. Yo no retrocedí esta vez—. Además, no creo que seas su tipo.
Se refería al color de mis ojos. Marrón. Lo había escuchado suficientes veces como para no necesitarlo aclarar.
—Ya sabes que poca decisión tenemos las indignas sobre quién nos escoge. Me limito a servir.
Mentir se me daba bien. Contacto visual sostenido. Sin tocarme la nariz. Sin mover un solo músculo que no necesitara mover.
—Creo que ese guardia se quejará de tu servicio.
—¿Tienes algo más que preguntarme?
—Tu cuarzo soberano.
Se me heló algo que no era exactamente el estómago pero que ocupaba el mismo espacio.
—¿Qué?
—Las meretrices debéis llevarlo. Os identifica.
No tenía respuesta para eso. Ninguna ensayada. Ninguna improvisada. Por primera vez desde que había entrado al mercado, no tenía nada.
Sus ojos lo vieron antes de que yo pudiera hacer nada con esa información.
Entonces el aire cambió. Se espesó. Y luego ya no era aire.
Polvo. Polvo de colores.
Las especias se extendieron en una nube densa, tragándose el mercado entero. No se podía ver. No se podía respirar. La gente gritó y corrió. Yo también.
Pero su mano fue más rápida.
Me agarró del brazo y un calambre me atravesó desde la muñeca hasta el hombro. Un alarido salió de mi garganta antes de que pudiera decidir si quería que saliera. Una descarga eléctrica punzante, viva, que salía de él como una barrera y se clavaba en mi piel.
Me miró extrañado. Como si la reacción no cuadrara con algo que ya sabía. Esta vez su expresión duró más de un segundo.
—No deberías estar aquí —dijo. La voz había cambiado. Más grave. Más seria. Sin la calma calculada de antes.
Soltó mi brazo. Contra toda lógica, dejándome ir. No me quedé a entenderlo. Lo miré por última vez y corrí.
Corrí sin dirección.
El objetivo era respirar primero, pero entre las especias, los gritos y los cuerpos que se empujaban en todas direcciones apenas podía avanzar. Fue una mano la que me sacó de ese caos: me aferró con fuerza y me arrastró hasta una calle secundaria donde el aire era respirable y el ruido bajaba a un nivel que mi cuerpo podía tolerar.
Los conocidos ojos azules cuarzinos me observaban con preocupación mientras me daba palmadas en la espalda para ayudarme a respirar. La madre que se había enfrentado al guardia y a la ley hynvestiana.
Tenía las manos manchadas de especias. El niño también. Habían sido ellos quienes habían esparcido los polvos. No había sido el viento, ni el azar, ni ninguna de las otras hipótesis que mi cabeza había procesado en ese segundo de confusión.
Habían sido ellos.
—Gracias —dije, todavía intentando recuperar el aire.
—Gracias a ti —respondió la mujer. Luego miró al niño con una expresión que no necesitaba libreta para identificar—. Y siento tener que pedírtelo, pero llévatelo a tu aldea. Por favor.
El niño me miraba con esos ojos azules enormes y sin brillo. Quieto. Como los animales pequeños que aprenden muy pronto que moverse puede costar caro.
—No —dije, girándome ya—. Ellos lo llevarán a la aldea que escojan.
—Ellos lo matarán. Los matan.
La madre me agarró de la camisa. Su mirada no temblaba. Una mezcla de súplica y de certeza. La misma que le había dedicado al guardia cuando le impedía el paso. No iba a dejarme ir sin armar escándalo. Sin que me llevara a su hijo.
Calculé el tiempo que tenía y no era mucho hasta topar con otro guardia y que vieran mi delito. No había otra opción.
Cogí al niño, me lo puse en la espalda y corrí como nunca.